Analisis crítico de La hermanastra fea.
La
hermanastra fea reformula el cuento de Cenicienta desde el reverso
del deseo: no desde la elegida, sino desde la que debe hacerse deseable. Elvira
no nace monstruosa ni marginal; se convierte en tal a través de una pedagogía
sistemática del dolor que organiza cuerpos, afectos y expectativas en función
de un único objetivo: ser elegida por un hombre.
Desde el inicio,
la película establece una tensión entre fantasía y realidad. Elvira lee novelas
de príncipes al rescate y vive suspendida en esa promesa, mientras su cuerpo —dientes,
nariz, piel— ya aparecen como un problema a corregir. El ingreso al castillo no
inaugura un mundo maravilloso, sino el ingreso a un régimen: abundancia
material a cambio de sumisión total.
La madre
funciona como agente central de esa violencia. No hay aquí una madrastra
caricaturesca, sino una mujer plenamente convencida de que el capital erótico
es la única vía de supervivencia posible. Su crueldad no es sadismo per se sino
transmisión de mandato. El cuerpo de Elvira debe ser domado, quebrado,
reconfigurado. Cada intervención estética —quitar los brackets, quebrar la
nariz, coser pestañas— cumple una función: disciplina. No hay metáfora en ese primer
plano del libro La belleza es dolor en el consultorio del esteticista porque
todo allí opera en el registro de la literalidad.
La academia de
señoritas completa la operación. En ese espacio no se enseña a pensar ni a
desear, sino a moverse de determinada manera para ser aceptadas: caminar,
sentarse, retirarse, abanicarse. Los cuerpos son entrenados como mercancía fina
para un mercado masculino que celebra lo aniñado, lo blanco, lo fresco y, sobre
todo, lo casto y cuando digo casto digo tradición, digo cuerpos que sí y
cuerpos que no.
En este punto,
la película desplaza el eje del body horror hacia lo político. Elvira no se
mutila por locura, sino por coherencia. Si el sistema exige un cuerpo
imposible, ella se ofrece entera al sacrificio. El parásito que ingiere —la
lombriz solitaria— funciona como representación perfecta: algo que habita su
interior, que la consume desde adentro, que crece a costa de su hambre. Un deseo
que nunca se sacia, que la vacía.
Agnes, la
Cenicienta, no es antagonista sino espejo. ¿Por qué? Porque también ella está atrapada, aunque en
otra posición. Su belleza hegemónica y su linaje no la salva de tener que dejar
de lado el amor, del abandono, del duelo congelado, de un cuerpo paterno que se
pudre insepulto mientras el sistema sigue funcionando, del casamiento con un joven sádico y promiscuo que deja entrever su condición de sifilítico cuando dice a sus
amigos “la piel se está despegando de mi verga”. Las hermanastras son víctimas
de la misma economía: competir entre sí para no caer fuera del circuito de este
inmundo deseo masculino.
La huida final
no conduce a un príncipe, sino a un vínculo sororal señoras y señores. No hay
castillo ni promesa de riqueza, solo aceptación y cuidado. Frente a una
genealogía femenina marcada por la repetición del sacrificio, la película
propone una ruptura mínima pero radical: la salvación no viene de un hombre
sino de la mano de otra mujer.
La hermanastra
fea es un cuento de hadas atravesado por el body horror, pero sobre todo es una
crítica feroz a un régimen que sigue vigente. Pasa el tiempo, pero el mandato
persiste: adecuarse o desaparecer. En ese sentido, la película trata sobre
temas muy actuales aún, mal que nos pese.
Landra Darvulia

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