Hay películas
que no buscan agradar ni complacer al espectador. Martyrs (Pascal Laugier,
2008) es una de ellas. Lejos del terror convencional, el film desplaza el
horror hacia un territorio mucho más inquietante: el cuerpo humano como espacio
donde se inscribe el poder. No hay criaturas sobrenaturales ni sustos
efectistas; lo que hay es una violencia organizada, metódica. Y es justamente
allí donde la película se vuelve profundamente política.
Desde una
lectura foucaultiana, Martyrs puede pensarse como una puesta en escena extrema
de lo que Michel Foucault llamó disciplinamiento del cuerpo. La violencia que
atraviesa a las protagonistas no es caótica ni impulsiva: responde a una lógica
precisa. Los cuerpos son observados, controlados, degradados progresivamente.
No se los destruye de inmediato; se los administra. El dolor no aparece como
exceso, sino como procedimiento.
En Vigilar y
castigar, Foucault señala que el poder moderno ya no se ejerce solo a través
del castigo espectacular, sino mediante técnicas que producen cuerpos dóciles y
útiles. En Martyrs, esa lógica se lleva hasta su límite más brutal: el cuerpo
deja de ser sujeto para convertirse en materia de experimentación. La tortura se
aplica para generar conocimiento.
Aquí entra en
juego la biopolítica. El film muestra con crudeza cómo ciertos cuerpos pueden
ser declarados sacrificables en nombre de una verdad superior. Las jóvenes
secuestradas son vidas prescindibles, cuerpos disponibles para una empresa que
se arroga el derecho de decidir quién puede ser expuesto al dolor extremo. La
vida, lejos de ser protegida, es gestionada hasta su agotamiento.
Uno de los
aspectos más perturbadores de Martyrs es la progresiva desaparición del
lenguaje. A medida que el cuerpo es sometido, la palabra se vuelve innecesaria.
Ya no hay súplica, ni relato ni protesta. La protagonista soporta en silencio.
Desde una perspectiva foucaultiana, este silencio no es espiritual ni redentor:
es el signo de una subjetividad anulada. Cuando la mente ya no puede
simbolizar, el poder ha triunfado.
Pero la película
no solo interroga a sus personajes. También interpela al espectador. La cámara
insiste. Ver se vuelve una experiencia incómoda. Foucault advertía que la
visibilidad es una de las herramientas centrales del poder: quien ve, controla.
Martyrs nos coloca en una posición ambigua, obligándonos a preguntarnos desde
dónde miramos y qué hacemos con aquello que se nos muestra.
El tramo final
del film introduce la idea del martirio, una noción ligada históricamente al
sufrimiento del cuerpo como vía de acceso a una verdad trascendente. Sin
embargo, Martyrs vacía esa promesa. El supuesto conocimiento obtenido no libera
ni salva. No transforma el mundo. Permanece encerrado, inaccesible, incluso
insoportable para quienes lo buscaban. El poder que pretendía dominar el cuerpo
se revela incapaz de sostener aquello que produce.
Martyrs expone
con crudeza la violencia inherente a una racionalidad que cree que todo puede
ser conocido, incluso a costa de destruir lo humano. El horror no es la sangre
ni la tortura: es la lógica que las vuelve necesarias.
Martyrs es,
finalmente, una película sobre los límites del poder frente al cuerpo. Un
cuerpo que, aun reducido a carne, sigue siendo un resto incómodo, una opacidad
que no puede ser totalmente capturada. Allí donde el poder busca una verdad
absoluta, la película deja silencio. Y en ese silencio, lo que se quiebra no es
la víctima, sino la maquinaria que necesitaba de su anulación para existir.
Landra Darvulia