jueves, 30 de julio de 2026

PENPAL

 

Spoilers – El que avisa no traiciona–



Después de haber escuchado el audiolibro excelentemente narrado por Pride (pues pobre y casi ciega a causa de tanta lectura en pdf) y de haber charlado sobre este creepypasta tan conocido que su autor, Dathan Auerbach, pasó a novela, quedé con el culo lleno de preguntas. ¿Esta novela da para un What if…? Entrar en otras dimensiones para saber qué hubiera sucedido en todas las alternativas posibles.

La novela se divide en seis partes: Huellas, Globos, Cajas, Mapas, Pantallas y Amigos. En cada parte el narrador va y viene en el tiempo del relato. La narración es fragmentaria porque se trata de un adulto tratando de reconstruir recuerdos con esquirlas de su infancia. Una infancia que para los lectores comienza cuando el narrador va al jardín.

¿Qué hubiera pasado con Josh si no se hubiera conocido con el narrador en el jardín? ¿Qué si su madre contaba a los padres de Josh por lo que estaba pasando su hijo desde el comienzo de la situación? ¿Qué hubiera pasado si el narrador nunca se hubiera marchado del barrio en el que vivía cerca de su amigo? ¿Qué buscaba exactamente el acosador: apropiarse del narrador, criarlo, poseerlo o simplemente, impedir que fuera de alguien más? ¿Por qué Josh termina convirtiéndose en su sustituto? ¿Es Josh, en realidad, el verdadero protagonista trágico de la historia? ¿Quién es el acosador/asesino? ¿Es el padre del narrador? ¿Es uno de los hijos de la Sra. Maggie, si es que en realidad existieron? ¿Es el policía? ¿Importa realmente conocer su identidad o el verdadero horror consiste en que podría ser cualquiera?

¿Cuándo comienza el horror para el narrador? ¿Cuando el globo cae en manos del acosador o mucho después, cuando descubre que creía haber vivido una infancia común? ¿El narrador recuerda realmente lo sucedido o reconstruye su pasado intentando darle sentido a recuerdos rotos? ¿Todo tiene una explicación racional o hay escenas que siguen rozando lo imposible?

Para nosotros los lectores, todo comienza con una dinámica propuesta por la escuela: los niños sueltan cartas (con sus nombres, direcciones y un dólar para responder por correo) en un globo que llega a alguien desconocido (o no) y, si este lo desea, puede responder. Como en este universo el tiempo no es lineal, hay que mantenerse atento para no perder el hilo. El narrador no recibe inmediatamente respuesta, pero una vez que comienzan a llegarle cartas, estas no son escritas, sino que en cada correspondencia recibe una fotografía (gradualmente van cobrando nitidez debido a que al comienzo son muy borrosas).

Es terrible descubrir que en la parte final el asesino es descrito como "alguien normal". En otras palabras, detrás de todas las atrocidades que padecen el narrador y su amigo (también Verónica, la hermana de Josh, además de otras personas que quedan atrapadas en esta trama), hay un ser humano común y corriente. Puede ser tu vecino, tu padre, un amigo, cualquier cara conocida o no; no importa, la gravedad del hecho es la misma. Un pedófilo desarrolla una obsesión enfermiza con un niño y lo acosa durante años. En su afán de no compartirlo con nadie, secuestra al amigo —a quien convierte en sustituto del narrador—, asesina a la hermana de Josh, toma su identidad y le hace creer durante semanas que conversa con ella cuando, en realidad, es él quien escribe desde el celular de la joven. Te amo, le dice en uno de los últimos mensajes. El descubrimiento final sirve para entender que detrás de tanta maldad existe una personalidad oscura y aberrante que disfruta con lo que hace. En las primeras narraciones se cuenta que el narrador aparecía en el bosque (luego de acostarse a dormir por las noches) sin saber cómo había llegado y, más tarde, le sucede lo mismo a Josh; luego se revela que el pervertido utilizaba éter. ¿Por qué digo que disfruta? Porque el padre de Josh descubre que él mismo enterró a su propio hijo, sin saberlo, en una fosa, por pedido de un extraño que le pagó por tapar unos pozos en el bosque (¡en la que también está el asesino!). La perversión es total.

Pienso que quizá lo que me ha inquietado tanto es no saber por qué Josh. ¿Por qué fue condenado a convertirse en un sustituto? Quizá porque somos los lectores quienes terminamos siendo obligados a reconstruir esta historia hecha de fragmentos en la que todo no se puede ni siquiera inferir, es que siento que al  igual que al narrador, esta historia nunca dejará de perseguirme.

Landra Darvulia

martes, 28 de julio de 2026

La vegetariana: el cuerpo como raíz de resistencia.

 Volvió a recorrer con la vista los objetos de la casa. Nada de lo que había allí era suyo. Del mismo modo que su vida, no había sido nunca su vida.

Hoy terminé de leer La vegetariana, de la escritora surcoreana Han Kang. La verdad es que me llevé un sorpresón. Suelo tomarme mi tiempo para leer porque no me gusta pasar por alto los detalles, pero desde que empecé la novela anoche no pude dejarla. 

Con una prosa perturbadoramente poética, Han Kang nos cuenta la historia de Yeong-hye, una joven que, tras sufrir pesadillas recurrentes, decide dejar de comer carne. Lo que en principio parece un simple cambio de hábitos pronto se convierte en una ruptura con el orden que organiza su vida y las relaciones que la rodean.

La novela está estructurada en tres partes, narradas desde las perspectivas de quienes observan a Yeong-hye: primero, su marido, un hombre profundamente egoísta e incapaz de comprender a su esposa; luego, su cuñado, un artista fascinado por ella que intenta encontrar un sentido a su decisión; y, por último, su hermana In-hye, quizá el personaje que mejor logra comprender el peso de aquello que Yeong-hye está atravesando. Resulta significativo que la protagonista casi nunca tenga voz directa, sino que son los demás quienes hablan sobre ella, la interpretan, la juzgan y deciden qué hacer con su cuerpo y con su vida.

La historia transcurre en Corea del Sur, principalmente entre el ámbito familiar y el hospital psiquiátrico, y pone el foco en el cuerpo femenino como un territorio sobre el que otros creen tener derecho a decidir. A través de la experiencia de Yeong-hye, la novela explora las diferencias entre las categorías hombre/mujer, los mandatos sociales, el machismo, el imperativo del rendimiento, el consumismo, la alienación, la soledad y la presión constante de la mirada ajena  y cómo esta termina disciplinando los cuerpos y las conductas. No se trata únicamente de la decisión de dejar de comer carne, sino de todo aquello que esa decisión pone en evidencia.

¿Qué desafía Yeong-hye al decidir no consumir más carne? ¿Qué tensiones revela ese gesto frente a las normas que pretenden contenerla? ¿Qué cambia dentro de ella para rechazar aquello que la sociedad le impone? ¿Realmente cambia o simplemente deja salir algo que siempre estuvo allí, oculto bajo las expectativas de los demás?

Lo cierto es que ese cambio desencadena otros: cuestiona la idea misma de libertad (¿existe realmente?), el deseo sexual (¿alguna vez fue suyo?), el lugar que ocupa dentro de la familia y el rol que se espera que desempeñe como esposa. Su negativa se convierte, para quienes la rodean, en una amenaza. De pronto, ya no es una mujer que toma una decisión sobre su propio cuerpo, sino alguien que debe ser corregida, controlada o, finalmente, medicalizada.

A medida que avanza la novela, comienzan a aparecer los actos más ruines de quienes se consideran "normales" y señalan a Yeong-hye como si fuera la única que hubiera perdido la razón. Acá viene un spoiler importante. En uno de sus recuerdos de infancia evoca el día en que el perro de su padre la mordió. Como represalia, el padre ata al animal a un automóvil y lo hace correr hasta matarlo para que, según él, su carne sea más tierna. Después lo cocinan y obligan a la niña a comerla porque creen que así sanará (esa escena en mi cabeza fue brutal porque viví algo parecido de pequeña). Ese episodio permite comprender que el conflicto nunca fue únicamente el vegetarianismo. La carne deja de ser un alimento para convertirse en un símbolo de una violencia mucho más profunda, una violencia que atraviesa las relaciones familiares, los vínculos de pareja y la forma en que la sociedad espera que una mujer se comporte.

Al terminar la novela no pude evitar preguntarme quién, en su sano juicio, no querría devenir otra cosa antes que seguir siendo una mujer obligada a vivir bajo esas condiciones: con un padre que descarga su violencia sobre tu cuerpo por el simple hecho de no ser condescenediente como su hermana mayor, con un marido que te utiliza sexualmente cuando llega borracho del trabajo, con una familia que prefiere verte internada en un hospital psiquiátrico antes que aceptar que puedas decidir sobre tu propia vida.

Quizá por eso Yeong-hye desea convertirse en árbol, en flor, en vegetal. Su transformación invita a pensar que no se trata solo de una enfermedad o de una forma de locura, sino también del rechazo más radical a un mundo construido sobre la violencia, la dominación y el consumo. Dejar de ser humana para dejar de participar de esa lógica.

Landra Darvulia