viernes, 16 de enero de 2026

Martyrs: cuando el cuerpo se convierte en archivo del poder.

 




Hay películas que no buscan agradar ni complacer al espectador. Martyrs (Pascal Laugier, 2008) es una de ellas. Lejos del terror convencional, el film desplaza el horror hacia un territorio mucho más inquietante: el cuerpo humano como espacio donde se inscribe el poder. No hay criaturas sobrenaturales ni sustos efectistas; lo que hay es una violencia organizada, metódica. Y es justamente allí donde la película se vuelve profundamente política.

Desde una lectura foucaultiana, Martyrs puede pensarse como una puesta en escena extrema de lo que Michel Foucault llamó disciplinamiento del cuerpo. La violencia que atraviesa a las protagonistas no es caótica ni impulsiva: responde a una lógica precisa. Los cuerpos son observados, controlados, degradados progresivamente. No se los destruye de inmediato; se los administra. El dolor no aparece como exceso, sino como procedimiento.

En Vigilar y castigar, Foucault señala que el poder moderno ya no se ejerce solo a través del castigo espectacular, sino mediante técnicas que producen cuerpos dóciles y útiles. En Martyrs, esa lógica se lleva hasta su límite más brutal: el cuerpo deja de ser sujeto para convertirse en materia de experimentación. La tortura se aplica para generar conocimiento.

Aquí entra en juego la biopolítica. El film muestra con crudeza cómo ciertos cuerpos pueden ser declarados sacrificables en nombre de una verdad superior. Las jóvenes secuestradas son vidas prescindibles, cuerpos disponibles para una empresa que se arroga el derecho de decidir quién puede ser expuesto al dolor extremo. La vida, lejos de ser protegida, es gestionada hasta su agotamiento.

Uno de los aspectos más perturbadores de Martyrs es la progresiva desaparición del lenguaje. A medida que el cuerpo es sometido, la palabra se vuelve innecesaria. Ya no hay súplica, ni relato ni protesta. La protagonista soporta en silencio. Desde una perspectiva foucaultiana, este silencio no es espiritual ni redentor: es el signo de una subjetividad anulada. Cuando la mente ya no puede simbolizar, el poder ha triunfado.

Pero la película no solo interroga a sus personajes. También interpela al espectador. La cámara insiste. Ver se vuelve una experiencia incómoda. Foucault advertía que la visibilidad es una de las herramientas centrales del poder: quien ve, controla. Martyrs nos coloca en una posición ambigua, obligándonos a preguntarnos desde dónde miramos y qué hacemos con aquello que se nos muestra.

El tramo final del film introduce la idea del martirio, una noción ligada históricamente al sufrimiento del cuerpo como vía de acceso a una verdad trascendente. Sin embargo, Martyrs vacía esa promesa. El supuesto conocimiento obtenido no libera ni salva. No transforma el mundo. Permanece encerrado, inaccesible, incluso insoportable para quienes lo buscaban. El poder que pretendía dominar el cuerpo se revela incapaz de sostener aquello que produce.

Martyrs expone con crudeza la violencia inherente a una racionalidad que cree que todo puede ser conocido, incluso a costa de destruir lo humano. El horror no es la sangre ni la tortura: es la lógica que las vuelve necesarias.

Martyrs es, finalmente, una película sobre los límites del poder frente al cuerpo. Un cuerpo que, aun reducido a carne, sigue siendo un resto incómodo, una opacidad que no puede ser totalmente capturada. Allí donde el poder busca una verdad absoluta, la película deja silencio. Y en ese silencio, lo que se quiebra no es la víctima, sino la maquinaria que necesitaba de su anulación para existir.

Landra Darvulia

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