Cuando nacer ajena habilita la violencia silenciosa del hogar.
¿Hasta qué punto puede verse afectada
la psiquis de una criatura cuando es rechazada desde el momento en que llega a
este mundo? Ese es el punto de partida del film La Cámara Oscura 2008 (Victoria
Menis), adaptación cinematográfica de la novela homónima de la escritora
rosarina Angélica Gorodischer.
Gertrudis llega al mundo en el
momento menos oportuno: su madre pare en la explanada del puerto de Buenos
Aires en un contexto de inmigración. A esa circunstancia se suma otra marca
inaugural: nace mujer cuando se esperaba un varón. En el registro la madre
exclama “¡Qué dolor, qué desgracia!”. Peor aún, son los hombres que allí
trabajan quienes proponen para la pequeña un nombre que no le pertenece. Una
criatura para la que no existía un nombre, con la identidad suspendida, la que no
puede ser de aquí ni de allá porque sus padres son extranjeros y el lugar de
nacimiento la condiciona: rusa o alemana, nunca argentina. Desde allí su vida
transcurre entre el tibio afecto del padre y el rechazo persistente de la
madre.
El pasaje de la niñez a la juventud
es transitado como si fuese la sombra del negativo que espera ser revelado. Una
vida en potencia que aguarda ser. Porque ¿qué sentido puede tener la vida si todo
lo que amas te ha sido negado? El amor, la literatura, la posibilidad de un
destino otro. Uno elegido por ella misma.
Esa oportunidad se abre con la
llegada de Jean Baptiste, un fotógrafo francés contratado para retratar la vida
familiar (ella está casada con un hombre viudo con el que ha tenido 6 hijos), un
ex corresponsal de guerra que se aventura por el mundo portador de una mirada
poética de la vida, una mirada que sobrevive a la experiencia de la muerte. Con un ojo ávido reconoce que quien le otorga vida
a aquel hogar es Gertrudis.
Ambos se observan en sus tareas
cotidianas y se produce un acercamiento progresivo, él la codicia. La escena en
la que la toca a través de la imagen resulta significativa y en la que toma el
libro de ella ya cayendo la noche y le lee: “andá, sé golondrina, buscá la
playa de los soles de oro” y se sonríen cómplices lo es aún más (allí se establece
una intimidad hasta entonces negada).
La fotografía se destaca, la banda sonora sabiamente
elegida acompaña partícipe ese retrato de la vida campesina que transcurría en
Colonia Villa Clara, Entre Ríos. Gertrudis siempre está zurciendo o haciendo
arreglos con flores para embellecer el hogar. Todos hablan de las exquisiteces
que cocina, pero nadie se interesa por saber sobre su mundo interior.
Al final, cuando Jean Baptiste culmina su labor y le
toca marcharse a otro lugar, Gertrudis se inquieta. Cenan y él saluda a todos
para macharse. Cuando vuelven a la casa nadie advierte que ella ya no está y
esa es la confirmación terrible de un hábito sostenido en el tiempo. La cámara,
una vez más reveladora, nos muestra el hilo rodando por el piso y con eso
basta. La mesa está sin levantar, pero el dueño de casa piensa que ella “debe
andar por ahí”. Al día siguiente, las moscas y la suciedad delatan lo que la
familia no se interesó en investigar, Gertrudis se ha ido. La casa sin ella se
descompone. Y entonces ese ser gris que tristemente malgastó años en una vida
plagada de sacrificios y anulamientos gana espesor.
El final post créditos funciona como
cierre reparador, aunque no alcanza. La fotografía final restituye,
tardíamente, una forma de reconocimiento que le había sido negado.
Ahora resta pensar si Gertrudis se
libera y comienza a tener entidad porque alguien supo mirarla (Jean) o porque
finalmente se autoriza a huir de aquella prisión llamada hogar.
Comparto fragmento de la película
que considero especialmente significativo. La canción se llama “Libe”, es
interpretada por Melina Maguilevsky y está cantada en Ídish.
Landra Darvulia
No hay comentarios:
Publicar un comentario