Hablemos de Felisberto Hernández y su pesadillesca novela corta, Las Hortensias, aquella en la que un hombre adinerado, coleccionista y obsesivo, encarga a su amigo Facundo, fabricante de muñecas de tamaño real (aunque incluso más grandes que una mujer), la confección de una muñeca semejante a su esposa. Este autor singular y delirante nos obliga a replantearnos las fronteras entre lo humano y lo inanimado, entre el deseo y la obsesión, entre la realidad y la fantasía. En este sentido, la obra trabaja el mitema del hombre que se enamora de su creación, cuyo antecedente fundamental se encuentra en Pigmalión, quien se enamora de Galatea, aquella blanca como la nieve, la estatua que él mismo ha creado. El mito cuenta que Afrodita, a pedido de Pigmalión, concede vida a la estatua. Este motivo será retomado posteriormente por George Bernard Shaw en Pigmalión, donde el mito es sometido a una operación de parodia y resignificación. Higgins, el lingüista, ocupa el lugar del creador, mientras que Eliza, la florista, se convierte en la criatura que debe ser modelada. Sin embargo, Shaw modifica radicalmente el sentido del mito debido a que Eliza no permanece como un objeto pasivo de la creación masculina. A medida que aprende el lenguaje y las convenciones sociales, adquiere una voz propia y una subjetividad que le permiten tomar el control de su vida y volverse autónoma. El creador, por lo tanto, pierde el dominio absoluto sobre aquello que pretendía modelar.
En Las Hortensias, Hernández vuelve a trabajar sobre ese mismo núcleo mítico, pero introduce una dimensión particularmente perturbadora: la creación artificial de la mujer como objeto de deseo masculino. Facundo puede ser considerado una suerte de Pigmalión, ya que es quien fabrica la primera y las siguientes muñecas que después serán incorporadas a las fantasías de Horacio. La primera muñeca, Hortensia, aparece como un objeto que cumple el rol de hija para María, caso distinto será para Horacio quien las imagina como amantes, novias, suegras y, finalmente, como juguetes sexuales. La primera Hortensia está dotada de un cuerpo blando y relleno de agua caliente que busca replicar la temperatura corporal de una persona. La muñeca, entonces, no solo reproduce la apariencia de María, sino que intenta aproximarse a la experiencia de estar frente a un cuerpo vivo (por pedido de Horacio). El cuerpo femenino es, de este modo, reproducido, manipulado y dispuesto para satisfacer distintas fantasías. La muñeca deja de ser solamente una representación de la mujer para convertirse en un objeto, un vehículo sobre el que los personajes proyectan y se permiten deseos que van desde el amor filial al erotismo e incluso, hasta se permiten el asesinato. Cabe preguntarse hasta qué punto esas fantasías son realmente compartidas por ambos: aunque María participa del juego, es posible inferir que buena parte de esas proyecciones responden al deseo de Horacio y que ella se incorpora a ellas, en parte, para complacerlo.
En este punto aparece también la parafilia vinculada al objeto inanimado. Horacio no se limita a contemplar las muñecas como objetos artísticos o decorativos, sino que desarrolla hacia ellas una relación erótica y afectiva. Su deseo se desplaza desde María hacia sus reproducciones artificiales. La paradoja es significativa: cuanto más intenta reproducir a la mujer, más termina desplazando a la mujer real.
Por eso resulta fundamental la pregunta que se formula Horacio: ¿Qué sería de María sin Hortensia? La pregunta revela hasta qué punto la identidad de la esposa comienza a quedar subordinada a la presencia de su doble artificial. A medida que avanza la novela, Horacio empieza a mirar a María de otra manera y llega incluso a encontrarla vulgar cuando no está acompañada por la muñeca. La mujer real pierde atractivo frente a su propia representación. La copia termina adquiriendo un valor superior al del original.
Esta inversión profundiza el vínculo con el mitema de Pigmalión. En el mito clásico, el creador se enamora de aquello que ha producido porque considera que su creación encarna la mujer ideal. En Las Hortensias, en cambio, Horacio construye un sistema en el que las reproducciones artificiales pueden sustituir progresivamente a la mujer real. No es necesario que las muñecas cobren vida de manera efectiva para que produzcan ese efecto: es Horacio quien comienza a conferirles una subjetividad que quizá no poseen fuera de su imaginación.
La obra introduce, además, un complejo juego de duplicaciones. Las mujeres de la servidumbre son mellizas y una de ellas se llama María, como la esposa de Horacio. La duplicación del nombre vuelve todavía más inestable la diferencia entre original y copia. En distintas ocasiones, Horacio es engañado por su esposa y cae en sus juegos, confundiendo a María con Hortensia. A esto se suma otro elemento fundamental: Horacio comienza a percibir una cierta humanización de las muñecas mientras, paralelamente, su propia percepción de la realidad se descompone. La muñeca parece adquirir vida en la misma medida en que Horacio se aproxima a lo Mr. Hide a la locura.
El motivo del espejo profundiza esta problemática de la duplicación. Horacio no tolera verse reflejado y, por esa razón, los espejos de su casa permanecen cubiertos con telas. El rechazo del reflejo puede leerse como una imposibilidad de enfrentarse con su propia imagen y, en un sentido simbólico, con su propia identidad.
A esta construcción se suma una dimensión de misoginia y objetualización de la mujer. El comportamiento de Horacio permite observar cómo su deseo está atravesado por una mirada que reduce a las mujeres a objetos susceptibles de ser contemplados, reproducidos y manipulados. Esto puede observarse, por ejemplo, cuando afirma: "debe ser un consuelo el confiar un secreto a una mujer tan silenciosa". La frase revela una valoración de la mujer precisamente por su silencio: una mujer que no responde, no contradice y no interpela resulta, para Horacio, particularmente conveniente. En otro momento, Horacio reflexiona sobre los celos de María y observa que estos parecen haberse intensificado desde que Hortensia comenzó a vivir en la casa. La presencia de la muñeca introduce así una tercera figura en la relación de pareja, pero no como una mujer autónoma, sino como una mujer fabricada para ocupar un lugar dentro del deseo masculino. La muñeca permite la fantasía de una tercera presencia sin que esa presencia posea, en principio, voluntad propia.
Otro punto a remarcar es que Horacio (queda muy claro cuando sostiene que le generó placer saber que la muñeca de la vidriera no vivía y el sí) encuentra placer precisamente en la condición artificial de las muñecas, en su carácter de cuerpos sin vida. Su deseo parece intensificarse ante aquello que carece de voluntad, movimiento y autonomía, le llega a atraer mas que las variaciones que con la vida, vienen.
Podemos afirmar entonces, que Las Hortensias lleva el mitema de Pigmalión hacia un territorio mucho más oscuro. Si en el mito clásico el creador desea que su obra cobre vida, y en Shaw la criatura adquiere autonomía y se emancipa de quien la modeló, en la obra de Felisberto Hernández se produce una operación diferente: el creador y el espectador de la creación desean precisamente aquello que permanece suspendido entre la vida y la muerte. Las Hortensias no necesitan cobrar vida para ejercer poder sobre Horacio; es él quien, progresivamente, les atribuye una vida que termina desplazando a la mujer real.

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