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martes, 28 de julio de 2026

La vegetariana: el cuerpo como raíz de resistencia.

 Volvió a recorrer con la vista los objetos de la casa. Nada de lo que había allí era suyo. Del mismo modo que su vida, no había sido nunca su vida.

Hoy terminé de leer La vegetariana, de la escritora surcoreana Han Kang. La verdad es que me llevé un sorpresón. Suelo tomarme mi tiempo para leer porque no me gusta pasar por alto los detalles, pero desde que empecé la novela anoche no pude dejarla. 

Con una prosa perturbadoramente poética, Han Kang nos cuenta la historia de Yeong-hye, una joven que, tras sufrir pesadillas recurrentes, decide dejar de comer carne. Lo que en principio parece un simple cambio de hábitos pronto se convierte en una ruptura con el orden que organiza su vida y las relaciones que la rodean.

La novela está estructurada en tres partes, narradas desde las perspectivas de quienes observan a Yeong-hye: primero, su marido, un hombre profundamente egoísta e incapaz de comprender a su esposa; luego, su cuñado, un artista fascinado por ella que intenta encontrar un sentido a su decisión; y, por último, su hermana In-hye, quizá el personaje que mejor logra comprender el peso de aquello que Yeong-hye está atravesando. Resulta significativo que la protagonista casi nunca tenga voz directa, sino que son los demás quienes hablan sobre ella, la interpretan, la juzgan y deciden qué hacer con su cuerpo y con su vida.

La historia transcurre en Corea del Sur, principalmente entre el ámbito familiar y el hospital psiquiátrico, y pone el foco en el cuerpo femenino como un territorio sobre el que otros creen tener derecho a decidir. A través de la experiencia de Yeong-hye, la novela explora las diferencias entre las categorías hombre/mujer, los mandatos sociales, el machismo, el imperativo del rendimiento, el consumismo, la alienación, la soledad y la presión constante de la mirada ajena  y cómo esta termina disciplinando los cuerpos y las conductas. No se trata únicamente de la decisión de dejar de comer carne, sino de todo aquello que esa decisión pone en evidencia.

¿Qué desafía Yeong-hye al decidir no consumir más carne? ¿Qué tensiones revela ese gesto frente a las normas que pretenden contenerla? ¿Qué cambia dentro de ella para rechazar aquello que la sociedad le impone? ¿Realmente cambia o simplemente deja salir algo que siempre estuvo allí, oculto bajo las expectativas de los demás?

Lo cierto es que ese cambio desencadena otros: cuestiona la idea misma de libertad (¿existe realmente?), el deseo sexual (¿alguna vez fue suyo?), el lugar que ocupa dentro de la familia y el rol que se espera que desempeñe como esposa. Su negativa se convierte, para quienes la rodean, en una amenaza. De pronto, ya no es una mujer que toma una decisión sobre su propio cuerpo, sino alguien que debe ser corregida, controlada o, finalmente, medicalizada.

A medida que avanza la novela, comienzan a aparecer los actos más ruines de quienes se consideran "normales" y señalan a Yeong-hye como si fuera la única que hubiera perdido la razón. Acá viene un spoiler importante. En uno de sus recuerdos de infancia evoca el día en que el perro de su padre la mordió. Como represalia, el padre ata al animal a un automóvil y lo hace correr hasta matarlo para que, según él, su carne sea más tierna. Después lo cocinan y obligan a la niña a comerla porque creen que así sanará (esa escena en mi cabeza fue brutal porque viví algo parecido de pequeña). Ese episodio permite comprender que el conflicto nunca fue únicamente el vegetarianismo. La carne deja de ser un alimento para convertirse en un símbolo de una violencia mucho más profunda, una violencia que atraviesa las relaciones familiares, los vínculos de pareja y la forma en que la sociedad espera que una mujer se comporte.

Al terminar la novela no pude evitar preguntarme quién, en su sano juicio, no querría devenir otra cosa antes que seguir siendo una mujer obligada a vivir bajo esas condiciones: con un padre que descarga su violencia sobre tu cuerpo por el simple hecho de no ser condescenediente como su hermana mayor, con un marido que te utiliza sexualmente cuando llega borracho del trabajo, con una familia que prefiere verte internada en un hospital psiquiátrico antes que aceptar que puedas decidir sobre tu propia vida.

Quizá por eso Yeong-hye desea convertirse en árbol, en flor, en vegetal. Su transformación invita a pensar que no se trata solo de una enfermedad o de una forma de locura, sino también del rechazo más radical a un mundo construido sobre la violencia, la dominación y el consumo. Dejar de ser humana para dejar de participar de esa lógica.

Landra Darvulia