Volvió a recorrer con la vista los objetos de la casa. Nada de lo que había allí era suyo. Del mismo modo que su vida, no había sido nunca su vida.
Hoy terminé de
leer La vegetariana, de la escritora surcoreana Han Kang. La verdad es
que me llevé un sorpresón. Suelo tomarme mi tiempo para leer porque no me gusta
pasar por alto los detalles, pero desde que empecé la novela anoche no pude
dejarla.
Con una prosa
perturbadoramente poética, Han Kang nos cuenta la historia de Yeong-hye, una
joven que, tras sufrir pesadillas recurrentes, decide dejar de comer carne. Lo
que en principio parece un simple cambio de hábitos pronto se convierte en una
ruptura con el orden que organiza su vida y las relaciones que la rodean.
La novela está
estructurada en tres partes, narradas desde las perspectivas de quienes
observan a Yeong-hye: primero, su marido, un hombre profundamente egoísta e
incapaz de comprender a su esposa; luego, su cuñado, un artista fascinado por
ella que intenta encontrar un sentido a su decisión; y, por último, su hermana
In-hye, quizá el personaje que mejor logra comprender el peso de aquello que
Yeong-hye está atravesando. Resulta significativo que la protagonista casi
nunca tenga voz directa, sino que son los demás quienes hablan sobre ella, la
interpretan, la juzgan y deciden qué hacer con su cuerpo y con su vida.
La historia
transcurre en Corea del Sur, principalmente entre el ámbito familiar y el
hospital psiquiátrico, y pone el foco en el cuerpo femenino como un territorio
sobre el que otros creen tener derecho a decidir. A través de la experiencia de
Yeong-hye, la novela explora las diferencias entre las categorías hombre/mujer, los mandatos sociales, el machismo, el imperativo del rendimiento,
el consumismo, la alienación, la soledad y la presión constante de la mirada
ajena y cómo esta termina disciplinando los cuerpos y las conductas. No se trata
únicamente de la decisión de dejar de comer carne, sino de todo aquello que esa
decisión pone en evidencia.
¿Qué desafía
Yeong-hye al decidir no consumir más carne? ¿Qué tensiones revela ese gesto
frente a las normas que pretenden contenerla? ¿Qué cambia dentro de ella para
rechazar aquello que la sociedad le impone? ¿Realmente cambia o simplemente
deja salir algo que siempre estuvo allí, oculto bajo las expectativas de los
demás?
Lo cierto es que
ese cambio desencadena otros: cuestiona la idea misma de libertad (¿existe
realmente?), el deseo sexual (¿alguna vez fue suyo?), el lugar que ocupa dentro
de la familia y el rol que se espera que desempeñe como esposa. Su negativa se
convierte, para quienes la rodean, en una amenaza. De pronto, ya no es una
mujer que toma una decisión sobre su propio cuerpo, sino alguien que debe ser
corregida, controlada o, finalmente, medicalizada.
A medida que
avanza la novela, comienzan a aparecer los actos más ruines de quienes se
consideran "normales" y señalan a Yeong-hye como si fuera la única
que hubiera perdido la razón. Acá viene un spoiler importante. En uno de sus
recuerdos de infancia evoca el día en que el perro de su padre la
mordió. Como represalia, el padre ata al animal a un automóvil y lo hace correr
hasta matarlo para que, según él, su carne sea más tierna. Después lo cocinan y
obligan a la niña a comerla porque creen que así sanará (esa escena en mi
cabeza fue brutal porque viví algo parecido de pequeña). Ese episodio permite
comprender que el conflicto nunca fue únicamente el vegetarianismo. La carne
deja de ser un alimento para convertirse en un símbolo de una violencia mucho
más profunda, una violencia que atraviesa las relaciones familiares, los
vínculos de pareja y la forma en que la sociedad espera que una mujer se
comporte.
Al terminar la
novela no pude evitar preguntarme quién, en su sano juicio, no querría devenir
otra cosa antes que seguir siendo una mujer obligada a vivir bajo esas
condiciones: con un padre que descarga su violencia sobre tu cuerpo por el simple hecho de no ser condescenediente como su hermana mayor, con un
marido que te utiliza sexualmente cuando llega borracho del trabajo, con una
familia que prefiere verte internada en un hospital psiquiátrico antes que
aceptar que puedas decidir sobre tu propia vida.
Quizá por eso Yeong-hye desea convertirse en árbol, en flor, en vegetal. Su transformación invita a pensar que no se trata solo de una enfermedad o de una forma de locura, sino también del rechazo más radical a un mundo construido sobre la violencia, la dominación y el consumo. Dejar de ser humana para dejar de participar de esa lógica.
Landra Darvulia
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