La cabeza como un territorio a colonizar.
El trabajo que realiza Agustina Bazterrica con el lenguaje en el cuento Lavavajillas es maravilloso. Desde el inicio, el relato adopta un tono artificioso que interpela de manera directa al lector. Esa voz no es neutra: copia deliberadamente el registro de los comerciales de las décadas 90/2000 aquellos que urgían a consumir de inmediato, sin mediación ni reflexión. El efecto es inquietante: el discurso publicitario, asociado al deseo y a la promesa de bienestar, se vuelve un mecanismo de disciplinamiento.
Este relato que se haya en el libro Diecinueve garras y un pájaro oscuro, 2020, sigue a Jane, una mujer
soltera que vive en Manhattan y recibe periódicamente la visita de Carrie, una
mujer estructurada, rígida, a la que Jane no deja de comparar con una máquina.
El texto insiste de manera obsesiva en esa comparación: Carrie es “una máquina
social”, “una máquina cobarde”, parte de “la maquinaria social” que organiza su
mundo; su vida es una “estructura metálica”, su boca es “mecánica”, su cabeza
entra en “cortocircuito”. Carrie está programada para cumplir con un orden:
hacer visitas, repetir discursos, sostener engranajes. Si no lo hace, el
sistema amenaza con oxidarse.
Ese funcionamiento maquínico se
traduce en un discurso reiterativo que opera como un lavado de cerebro. Carrie parece
no escuchar, monologa repetitivamente. Recomienda, advierte, corrige. Jane
debería cuidar su aspecto ahora que es divorciada; todavía hay esperanzas para
ella por ser soltera; aún puede ser guiada hacia la “buena senda” del amor
contractual. Toda mujer que no se ajuste a esos parámetros representa una
anomalía, un peligro para la lógica de la mujer-máquina: funcional, predecible,
reproductiva.
Sobrevuela en el cuento la idea de
una fragmentación profunda. El ideal de la mujer/madre/esposa/abnegada es
puesto bajo una lupa horrorífica que expone fisuras. La repetición, la luz y el aire que
incomodan a Jane, los moretones, las sombras que se materializan, funcionan como alertas, como banderas rojas de
una vida que le exige adaptaciones con las que no está cómoda y que, en ese
proceso, la aliena. Detrás de ese hogar carente de esposo e hijos laten deseos
que se desvían de lo permitido para las Carries del mundo.
El lavavajillas que Jane compra
hacia el final del relato condensa ese malestar. No se trata de un
electrodoméstico cualquiera, sino de un símbolo de la vida doméstica como
promesa de orden y, al mismo tiempo, como dispositivo de asfixia. En él
introduce la receta del doctor Wessellman, el psiquiatra con quien Jane se
permite fantasear, imaginando una escena de la familia perfecta dentro del
consultorio. La fantasía no es libre: es el efecto del discurso que Carrie ha
sabido propagar con eficacia. El aparato además de limpiar platos, procesa
deseos.
Carrie, como tantas otras, no es la
creadora del mandato, sino su agente más eficiente. Es quien reproduce y
administra un discurso machista en el que la mujer pierde agencia sobre su
cuerpo, territorio históricamente en disputa. Ese discurso se inscribe en un
régimen de reproducción social conservador que reduce la voluntad femenina a
una variable a corregir. En ese sistema no hay lugar para el desvío: solo para
la adaptación, la obediencia y la repetición.
Lavavajillas no propone una salida
clara ni un gesto de emancipación triunfal. Lo que ofrece es la exposición
cruda de un mecanismo: cómo el machismo persiste no solo en figuras masculinas,
sino también —y con particular eficacia— en mujeres que han sido moldeadas para
sostenerlo. El horror del cuento no radica en lo extraordinario, sino en la
normalidad de ese funcionamiento. En su repetición. En su limpieza constante.
Landra Darvulia
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