Todo eso está
plasmado en los cuatro capítulos que conforman la miniserie Mis muertos
tristes, estrenada el 24 de septiembre en Netflix. La serie articula
distintos relatos de Enríquez, entre ellos Mis muertos tristes, Julie y Un
lugar soleado para gente sombría, para construir una nueva trama en la que
los personajes, los espacios y los fantasmas confluyen en el barrio
Piedrabuena. Está lograda su mirada social. Es La Enríquez: si no les gusta, no
la consumen y ya. La serie pone en escena temas como la marginalidad, la carga
del estigma por pertenecer a determinadas zonas, las heridas que deja la falta
de comunicación, los estereotipos instalados, la cultura popular, el bullying, la depresión, la
maternidad y los vínculos filiales, aquello que una sociedad decide considerar
normal y aquello que expulsa hacia el territorio de lo monstruoso. También
aparecen el consumo de drogas fuertes para poder sostener el rendimiento
laboral y su consecuente adicción, un fenómeno del que existen numerosos casos
en el ámbito médico, aunque se hable poco de ello, las drogas adulteradas, los
lazos familiares, el aspiracionismo y la dictadura.
También está
esa dimensión de lo social que aparece cuando el miedo nos despoja de aquello
que creemos que nos hace humanos. La serie vuelve sobre situaciones en las que
prima lo animal antes que lo humano y alguien que pide ayuda termina abandonado
por el miedo o la indiferencia. Ahí aparece el eco del caso de Matías Berardi,
pero también una idea más amplia: la de una sociedad que puede convertirse en
espectadora de la muerte de otro. En este sentido, el horror de Enríquez no
necesita inventar monstruos porque muchas veces alcanza con observar aquello
que hacemos, aquello que dejamos de hacer y las formas en que aprendemos a
mirar hacia otro lado.
Luego está Julie, la joven obesa y patologizada que interpreta maravillosamente Carito Alvarez y el enganche casi inevitable con otro caso real que quedó instalado en el imaginario contemporáneo: el de Elisa Lam, una joven que se movía en un estado de
extrañamiento, una presencia difícil de comprender, el agua como espacio de
muerte y, especialmente, la imagen del tanque elevado. Elisa Lam, una joven
canadiense de 21 años, desapareció en 2013 durante su estadía en el Hotel Cecil
de Los Ángeles y fue encontrada muerta dentro de uno de los tanques de agua
ubicados en la azotea del hotel; su muerte fue posteriormente clasificada como
un ahogamiento accidental.
Mis muertos tristes convierte justamente al tanque de agua de Piedrabuena en una presencia visual recurrente. La propia sinopsis oficial de Netflix señala la aparición de la torre de agua como uno de los elementos inquietantes. En este caso, el tanque deja de ser simplemente un objeto arquitectónico para convertirse en una especie de depósito de aquello que la comunidad no quiere mirar. Es como si debajo de la superficie cotidiana del barrio existiera siempre algo sumergido que, tarde o temprano, tiene que volver.
La fotografía me gustó porque no hay matices, todo es gris. Rescato la toma que se halla en el capítulo tres, cuando
enfocan desde arriba el tanque de agua de Piedrabuena y suena un piano tétrico.
Para mí fue como mirar desde arriba las puertas de ese infierno en el que el sinvivir
es un denominador común. Y quizá ahí esté una de las claves más interesantes de
la serie: mirar desde arriba, tomar distancia para descubrir todo aquello que permanece oculto a simple vista. El
barrio, sus muertos, sus habitantes y sus historias aparecen como capas de una
misma memoria. Los fantasmas no vienen solamente desde otro mundo: parecen
surgir del propio territorio, de sus heridas y de aquello que sus habitantes no
pudieron, o no quisieron, elaborar.
El tanque de agua de Piedrabuena, en Villa Lugano, es parte
de la infraestructura que conecta y abastece a quienes habitan los monoblocks
del complejo, de modo que el agua atraviesa literalmente la vida cotidiana de
esa comunidad. En la serie, ese mismo tanque se transforma en una presencia
inquietante porque es desde donde emerge el horror. El agua, deja de ser un sustento de la vida humana para convertirse en un vínculo entre quienes allí moran y
los no vivos.




