lunes, 10 de agosto de 2026
El mito de Pigmalión en Las hortensias, de Felisberto Hernández.
jueves, 30 de julio de 2026
PENPAL
Spoilers – El que avisa no traiciona–
Después
de haber escuchado el audiolibro excelentemente narrado por Pride (pues pobre y
casi ciega a causa de tanta lectura en pdf) y de haber charlado sobre este creepypasta tan conocido que su
autor, Dathan Auerbach, pasó a novela, quedé con el culo lleno de preguntas. ¿Esta
novela da para un What if…? Entrar en otras dimensiones para saber qué hubiera
sucedido en todas las alternativas posibles.
La
novela se divide en seis partes: Huellas,
Globos, Cajas, Mapas, Pantallas y Amigos. En cada parte el
narrador va y viene en el tiempo del relato. La narración es fragmentaria
porque se trata de un adulto tratando de reconstruir recuerdos con esquirlas de
su infancia. Una infancia que para los lectores comienza cuando el narrador va
al jardín.
¿Qué
hubiera pasado con Josh si no se hubiera conocido con el narrador en el jardín?
¿Qué si su madre contaba a los padres de Josh por lo que estaba pasando su hijo
desde el comienzo de la situación? ¿Qué hubiera pasado si el narrador nunca se
hubiera marchado del barrio en el que vivía cerca de su amigo? ¿Qué buscaba
exactamente el acosador: apropiarse del narrador, criarlo, poseerlo o
simplemente, impedir que fuera de alguien más? ¿Por qué Josh termina
convirtiéndose en su sustituto? ¿Es Josh, en realidad, el verdadero
protagonista trágico de la historia? ¿Quién es el acosador/asesino? ¿Es el
padre del narrador? ¿Es uno de los hijos de la Sra. Maggie, si es que en
realidad existieron? ¿Es el policía? ¿Importa realmente conocer su identidad o
el verdadero horror consiste en que podría ser cualquiera?
¿Cuándo
comienza el horror para el narrador? ¿Cuando el globo cae en manos del acosador
o mucho después, cuando descubre que creía haber vivido una infancia común? ¿El
narrador recuerda realmente lo sucedido o reconstruye su pasado intentando
darle sentido a recuerdos rotos? ¿Todo tiene una explicación racional o hay
escenas que siguen rozando lo imposible?
Para
nosotros los lectores, todo comienza con una dinámica propuesta por la escuela:
los niños sueltan cartas (con sus nombres, direcciones y un dólar para
responder por correo) en un globo que llega a alguien desconocido (o no) y, si
este lo desea, puede responder. Como en este universo el tiempo no es lineal,
hay que mantenerse atento para no perder el hilo. El narrador no recibe
inmediatamente respuesta, pero una vez que comienzan a llegarle cartas, estas
no son escritas, sino que en cada correspondencia recibe una fotografía
(gradualmente van cobrando nitidez debido a que al comienzo son muy borrosas).
Es
terrible descubrir que en la parte final el asesino es descrito como
"alguien normal". En otras palabras, detrás de todas las atrocidades
que padecen el narrador y su amigo (también Verónica, la hermana de Josh,
además de otras personas que quedan atrapadas en esta trama), hay un ser humano
común y corriente. Puede ser tu vecino, tu padre, un amigo, cualquier cara
conocida o no; no importa, la gravedad del hecho es la misma. Un pedófilo
desarrolla una obsesión enfermiza con un niño y lo acosa durante años. En su
afán de no compartirlo con nadie, secuestra al amigo —a quien convierte en
sustituto del narrador—, asesina a la hermana de Josh, toma su identidad y le
hace creer durante semanas que conversa con ella cuando, en realidad, es él
quien escribe desde el celular de la joven. Te amo, le dice en uno de los últimos
mensajes. El descubrimiento final sirve para entender que detrás de tanta
maldad existe una personalidad oscura y aberrante que disfruta con lo que hace.
En las primeras narraciones se cuenta que el narrador aparecía en el bosque (luego
de acostarse a dormir por las noches) sin saber cómo había llegado y, más
tarde, le sucede lo mismo a Josh; luego se revela que el pervertido utilizaba
éter. ¿Por qué digo que disfruta? Porque el padre de Josh descubre que él mismo
enterró a su propio hijo, sin saberlo, en una fosa, por pedido de un extraño
que le pagó por tapar unos pozos en el bosque (¡en la que también está el
asesino!). La perversión es total.
Pienso
que quizá lo que me ha inquietado tanto es no saber por qué Josh. ¿Por qué fue condenado
a convertirse en un sustituto? Quizá porque somos los lectores quienes
terminamos siendo obligados a reconstruir esta historia hecha de fragmentos en
la que todo no se puede ni siquiera inferir, es que siento que al igual que al
narrador, esta historia nunca dejará de perseguirme.
Landra Darvulia
martes, 28 de julio de 2026
La vegetariana: el cuerpo como raíz de resistencia.
Volvió a recorrer con la vista los objetos de la casa. Nada de lo que había allí era suyo. Del mismo modo que su vida, no había sido nunca su vida.
Hoy terminé de
leer La vegetariana, de la escritora surcoreana Han Kang. La verdad es
que me llevé un sorpresón. Suelo tomarme mi tiempo para leer porque no me gusta
pasar por alto los detalles, pero desde que empecé la novela anoche no pude
dejarla.
Con una prosa
perturbadoramente poética, Han Kang nos cuenta la historia de Yeong-hye, una
joven que, tras sufrir pesadillas recurrentes, decide dejar de comer carne. Lo
que en principio parece un simple cambio de hábitos pronto se convierte en una
ruptura con el orden que organiza su vida y las relaciones que la rodean.
La novela está
estructurada en tres partes, narradas desde las perspectivas de quienes
observan a Yeong-hye: primero, su marido, un hombre profundamente egoísta e
incapaz de comprender a su esposa; luego, su cuñado, un artista fascinado por
ella que intenta encontrar un sentido a su decisión; y, por último, su hermana
In-hye, quizá el personaje que mejor logra comprender el peso de aquello que
Yeong-hye está atravesando. Resulta significativo que la protagonista casi
nunca tenga voz directa, sino que son los demás quienes hablan sobre ella, la
interpretan, la juzgan y deciden qué hacer con su cuerpo y con su vida.
La historia
transcurre en Corea del Sur, principalmente entre el ámbito familiar y el
hospital psiquiátrico, y pone el foco en el cuerpo femenino como un territorio
sobre el que otros creen tener derecho a decidir. A través de la experiencia de
Yeong-hye, la novela explora las diferencias entre las categorías hombre/mujer, los mandatos sociales, el machismo, el imperativo del rendimiento,
el consumismo, la alienación, la soledad y la presión constante de la mirada
ajena y cómo esta termina disciplinando los cuerpos y las conductas. No se trata
únicamente de la decisión de dejar de comer carne, sino de todo aquello que esa
decisión pone en evidencia.
¿Qué desafía
Yeong-hye al decidir no consumir más carne? ¿Qué tensiones revela ese gesto
frente a las normas que pretenden contenerla? ¿Qué cambia dentro de ella para
rechazar aquello que la sociedad le impone? ¿Realmente cambia o simplemente
deja salir algo que siempre estuvo allí, oculto bajo las expectativas de los
demás?
Lo cierto es que
ese cambio desencadena otros: cuestiona la idea misma de libertad (¿existe
realmente?), el deseo sexual (¿alguna vez fue suyo?), el lugar que ocupa dentro
de la familia y el rol que se espera que desempeñe como esposa. Su negativa se
convierte, para quienes la rodean, en una amenaza. De pronto, ya no es una
mujer que toma una decisión sobre su propio cuerpo, sino alguien que debe ser
corregida, controlada o, finalmente, medicalizada.
A medida que
avanza la novela, comienzan a aparecer los actos más ruines de quienes se
consideran "normales" y señalan a Yeong-hye como si fuera la única
que hubiera perdido la razón. Acá viene un spoiler importante. En uno de sus
recuerdos de infancia evoca el día en que el perro de su padre la
mordió. Como represalia, el padre ata al animal a un automóvil y lo hace correr
hasta matarlo para que, según él, su carne sea más tierna. Después lo cocinan y
obligan a la niña a comerla porque creen que así sanará (esa escena en mi
cabeza fue brutal porque viví algo parecido de pequeña). Ese episodio permite
comprender que el conflicto nunca fue únicamente el vegetarianismo. La carne
deja de ser un alimento para convertirse en un símbolo de una violencia mucho
más profunda, una violencia que atraviesa las relaciones familiares, los
vínculos de pareja y la forma en que la sociedad espera que una mujer se
comporte.
Al terminar la
novela no pude evitar preguntarme quién, en su sano juicio, no querría devenir
otra cosa antes que seguir siendo una mujer obligada a vivir bajo esas
condiciones: con un padre que descarga su violencia sobre tu cuerpo por el simple hecho de no ser condescenediente como su hermana mayor, con un
marido que te utiliza sexualmente cuando llega borracho del trabajo, con una
familia que prefiere verte internada en un hospital psiquiátrico antes que
aceptar que puedas decidir sobre tu propia vida.
Quizá por eso Yeong-hye desea convertirse en árbol, en flor, en vegetal. Su transformación invita a pensar que no se trata solo de una enfermedad o de una forma de locura, sino también del rechazo más radical a un mundo construido sobre la violencia, la dominación y el consumo. Dejar de ser humana para dejar de participar de esa lógica.
Landra Darvuliaviernes, 16 de enero de 2026
Martyrs: cuando el cuerpo se convierte en archivo del poder.
Hay películas
que no buscan agradar ni complacer al espectador. Martyrs (Pascal Laugier,
2008) es una de ellas. Lejos del terror convencional, el film desplaza el
horror hacia un territorio mucho más inquietante: el cuerpo humano como espacio
donde se inscribe el poder. No hay criaturas sobrenaturales ni sustos
efectistas; lo que hay es una violencia organizada, metódica. Y es justamente
allí donde la película se vuelve profundamente política.
Desde una
lectura foucaultiana, Martyrs puede pensarse como una puesta en escena extrema
de lo que Michel Foucault llamó disciplinamiento del cuerpo. La violencia que
atraviesa a las protagonistas no es caótica ni impulsiva: responde a una lógica
precisa. Los cuerpos son observados, controlados, degradados progresivamente.
No se los destruye de inmediato; se los administra. El dolor no aparece como
exceso, sino como procedimiento.
En Vigilar y
castigar, Foucault señala que el poder moderno ya no se ejerce solo a través
del castigo espectacular, sino mediante técnicas que producen cuerpos dóciles y
útiles. En Martyrs, esa lógica se lleva hasta su límite más brutal: el cuerpo
deja de ser sujeto para convertirse en materia de experimentación. La tortura se
aplica para generar conocimiento.
Aquí entra en
juego la biopolítica. El film muestra con crudeza cómo ciertos cuerpos pueden
ser declarados sacrificables en nombre de una verdad superior. Las jóvenes
secuestradas son vidas prescindibles, cuerpos disponibles para una empresa que
se arroga el derecho de decidir quién puede ser expuesto al dolor extremo. La
vida, lejos de ser protegida, es gestionada hasta su agotamiento.
Uno de los
aspectos más perturbadores de Martyrs es la progresiva desaparición del
lenguaje. A medida que el cuerpo es sometido, la palabra se vuelve innecesaria.
Ya no hay súplica, ni relato ni protesta. La protagonista soporta en silencio.
Desde una perspectiva foucaultiana, este silencio no es espiritual ni redentor:
es el signo de una subjetividad anulada. Cuando la mente ya no puede
simbolizar, el poder ha triunfado.
Pero la película
no solo interroga a sus personajes. También interpela al espectador. La cámara
insiste. Ver se vuelve una experiencia incómoda. Foucault advertía que la
visibilidad es una de las herramientas centrales del poder: quien ve, controla.
Martyrs nos coloca en una posición ambigua, obligándonos a preguntarnos desde
dónde miramos y qué hacemos con aquello que se nos muestra.
El tramo final
del film introduce la idea del martirio, una noción ligada históricamente al
sufrimiento del cuerpo como vía de acceso a una verdad trascendente. Sin
embargo, Martyrs vacía esa promesa. El supuesto conocimiento obtenido no libera
ni salva. No transforma el mundo. Permanece encerrado, inaccesible, incluso
insoportable para quienes lo buscaban. El poder que pretendía dominar el cuerpo
se revela incapaz de sostener aquello que produce.
Martyrs expone
con crudeza la violencia inherente a una racionalidad que cree que todo puede
ser conocido, incluso a costa de destruir lo humano. El horror no es la sangre
ni la tortura: es la lógica que las vuelve necesarias.
Martyrs es,
finalmente, una película sobre los límites del poder frente al cuerpo. Un
cuerpo que, aun reducido a carne, sigue siendo un resto incómodo, una opacidad
que no puede ser totalmente capturada. Allí donde el poder busca una verdad
absoluta, la película deja silencio. Y en ese silencio, lo que se quiebra no es
la víctima, sino la maquinaria que necesitaba de su anulación para existir.
Landra Darvulia
jueves, 15 de enero de 2026
La vida en negativo
Cuando nacer ajena habilita la violencia silenciosa del hogar.
¿Hasta qué punto puede verse afectada
la psiquis de una criatura cuando es rechazada desde el momento en que llega a
este mundo? Ese es el punto de partida del film La Cámara Oscura 2008 (Victoria
Menis), adaptación cinematográfica de la novela homónima de la escritora
rosarina Angélica Gorodischer.
Gertrudis llega al mundo en el
momento menos oportuno: su madre pare en la explanada del puerto de Buenos
Aires en un contexto de inmigración. A esa circunstancia se suma otra marca
inaugural: nace mujer cuando se esperaba un varón. En el registro la madre
exclama “¡Qué dolor, qué desgracia!”. Peor aún, son los hombres que allí
trabajan quienes proponen para la pequeña un nombre que no le pertenece. Una
criatura para la que no existía un nombre, con la identidad suspendida, la que no
puede ser de aquí ni de allá porque sus padres son extranjeros y el lugar de
nacimiento la condiciona: rusa o alemana, nunca argentina. Desde allí su vida
transcurre entre el tibio afecto del padre y el rechazo persistente de la
madre.
El pasaje de la niñez a la juventud
es transitado como si fuese la sombra del negativo que espera ser revelado. Una
vida en potencia que aguarda ser. Porque ¿qué sentido puede tener la vida si todo
lo que amas te ha sido negado? El amor, la literatura, la posibilidad de un
destino otro. Uno elegido por ella misma.
Esa oportunidad se abre con la
llegada de Jean Baptiste, un fotógrafo francés contratado para retratar la vida
familiar (ella está casada con un hombre viudo con el que ha tenido 6 hijos), un
ex corresponsal de guerra que se aventura por el mundo portador de una mirada
poética de la vida, una mirada que sobrevive a la experiencia de la muerte. Con un ojo ávido reconoce que quien le otorga vida
a aquel hogar es Gertrudis.
Ambos se observan en sus tareas
cotidianas y se produce un acercamiento progresivo, él la codicia. La escena en
la que la toca a través de la imagen resulta significativa y en la que toma el
libro de ella ya cayendo la noche y le lee: “andá, sé golondrina, buscá la
playa de los soles de oro” y se sonríen cómplices lo es aún más (allí se establece
una intimidad hasta entonces negada).
La fotografía se destaca, la banda sonora sabiamente
elegida acompaña partícipe ese retrato de la vida campesina que transcurría en
Colonia Villa Clara, Entre Ríos. Gertrudis siempre está zurciendo o haciendo
arreglos con flores para embellecer el hogar. Todos hablan de las exquisiteces
que cocina, pero nadie se interesa por saber sobre su mundo interior.
Al final, cuando Jean Baptiste culmina su labor y le
toca marcharse a otro lugar, Gertrudis se inquieta. Cenan y él saluda a todos
para macharse. Cuando vuelven a la casa nadie advierte que ella ya no está y
esa es la confirmación terrible de un hábito sostenido en el tiempo. La cámara,
una vez más reveladora, nos muestra el hilo rodando por el piso y con eso
basta. La mesa está sin levantar, pero el dueño de casa piensa que ella “debe
andar por ahí”. Al día siguiente, las moscas y la suciedad delatan lo que la
familia no se interesó en investigar, Gertrudis se ha ido. La casa sin ella se
descompone. Y entonces ese ser gris que tristemente malgastó años en una vida
plagada de sacrificios y anulamientos gana espesor.
El final post créditos funciona como
cierre reparador, aunque no alcanza. La fotografía final restituye,
tardíamente, una forma de reconocimiento que le había sido negado.
Ahora resta pensar si Gertrudis se
libera y comienza a tener entidad porque alguien supo mirarla (Jean) o porque
finalmente se autoriza a huir de aquella prisión llamada hogar.
Comparto fragmento de la película
que considero especialmente significativo. La canción se llama “Libe”, es
interpretada por Melina Maguilevsky y está cantada en Ídish.
Landra Darvulia
martes, 30 de diciembre de 2025
Elementos feministas y persistencia del machismo en Lavavajillas.
La cabeza como un territorio a colonizar.
El trabajo que realiza Agustina Bazterrica con el lenguaje en el cuento Lavavajillas es maravilloso. Desde el inicio, el relato adopta un tono artificioso que interpela de manera directa al lector. Esa voz no es neutra: copia deliberadamente el registro de los comerciales de las décadas 90/2000 aquellos que urgían a consumir de inmediato, sin mediación ni reflexión. El efecto es inquietante: el discurso publicitario, asociado al deseo y a la promesa de bienestar, se vuelve un mecanismo de disciplinamiento.
Este relato que se haya en el libro Diecinueve garras y un pájaro oscuro, 2020, sigue a Jane, una mujer
soltera que vive en Manhattan y recibe periódicamente la visita de Carrie, una
mujer estructurada, rígida, a la que Jane no deja de comparar con una máquina.
El texto insiste de manera obsesiva en esa comparación: Carrie es “una máquina
social”, “una máquina cobarde”, parte de “la maquinaria social” que organiza su
mundo; su vida es una “estructura metálica”, su boca es “mecánica”, su cabeza
entra en “cortocircuito”. Carrie está programada para cumplir con un orden:
hacer visitas, repetir discursos, sostener engranajes. Si no lo hace, el
sistema amenaza con oxidarse.
Ese funcionamiento maquínico se
traduce en un discurso reiterativo que opera como un lavado de cerebro. Carrie parece
no escuchar, monologa repetitivamente. Recomienda, advierte, corrige. Jane
debería cuidar su aspecto ahora que es divorciada; todavía hay esperanzas para
ella por ser soltera; aún puede ser guiada hacia la “buena senda” del amor
contractual. Toda mujer que no se ajuste a esos parámetros representa una
anomalía, un peligro para la lógica de la mujer-máquina: funcional, predecible,
reproductiva.
Sobrevuela en el cuento la idea de
una fragmentación profunda. El ideal de la mujer/madre/esposa/abnegada es
puesto bajo una lupa horrorífica que expone fisuras. La repetición, la luz y el aire que
incomodan a Jane, los moretones, las sombras que se materializan, funcionan como alertas, como banderas rojas de
una vida que le exige adaptaciones con las que no está cómoda y que, en ese
proceso, la aliena. Detrás de ese hogar carente de esposo e hijos laten deseos
que se desvían de lo permitido para las Carries del mundo.
El lavavajillas que Jane compra
hacia el final del relato condensa ese malestar. No se trata de un
electrodoméstico cualquiera, sino de un símbolo de la vida doméstica como
promesa de orden y, al mismo tiempo, como dispositivo de asfixia. En él
introduce la receta del doctor Wessellman, el psiquiatra con quien Jane se
permite fantasear, imaginando una escena de la familia perfecta dentro del
consultorio. La fantasía no es libre: es el efecto del discurso que Carrie ha
sabido propagar con eficacia. El aparato además de limpiar platos, procesa
deseos.
Carrie, como tantas otras, no es la
creadora del mandato, sino su agente más eficiente. Es quien reproduce y
administra un discurso machista en el que la mujer pierde agencia sobre su
cuerpo, territorio históricamente en disputa. Ese discurso se inscribe en un
régimen de reproducción social conservador que reduce la voluntad femenina a
una variable a corregir. En ese sistema no hay lugar para el desvío: solo para
la adaptación, la obediencia y la repetición.
Lavavajillas no propone una salida
clara ni un gesto de emancipación triunfal. Lo que ofrece es la exposición
cruda de un mecanismo: cómo el machismo persiste no solo en figuras masculinas,
sino también —y con particular eficacia— en mujeres que han sido moldeadas para
sostenerlo. El horror del cuento no radica en lo extraordinario, sino en la
normalidad de ese funcionamiento. En su repetición. En su limpieza constante.
Landra Darvulia
sábado, 27 de diciembre de 2025
Body Horror y biopolítica en la reinterpretación de Cenicienta.
Analisis crítico de La hermanastra fea.
La
hermanastra fea reformula el cuento de Cenicienta desde el reverso
del deseo: no desde la elegida, sino desde la que debe hacerse deseable. Elvira
no nace monstruosa ni marginal; se convierte en tal a través de una pedagogía
sistemática del dolor que organiza cuerpos, afectos y expectativas en función
de un único objetivo: ser elegida por un hombre.
Desde el inicio,
la película establece una tensión entre fantasía y realidad. Elvira lee novelas
de príncipes al rescate y vive suspendida en esa promesa, mientras su cuerpo —dientes,
nariz, piel— ya aparecen como un problema a corregir. El ingreso al castillo no
inaugura un mundo maravilloso, sino el ingreso a un régimen: abundancia
material a cambio de sumisión total.
La madre
funciona como agente central de esa violencia. No hay aquí una madrastra
caricaturesca, sino una mujer plenamente convencida de que el capital erótico
es la única vía de supervivencia posible. Su crueldad no es sadismo per se sino
transmisión de mandato. El cuerpo de Elvira debe ser domado, quebrado,
reconfigurado. Cada intervención estética —quitar los brackets, quebrar la
nariz, coser pestañas— cumple una función: disciplina. No hay metáfora en ese primer
plano del libro La belleza es dolor en el consultorio del esteticista porque
todo allí opera en el registro de la literalidad.
La academia de
señoritas completa la operación. En ese espacio no se enseña a pensar ni a
desear, sino a moverse de determinada manera para ser aceptadas: caminar,
sentarse, retirarse, abanicarse. Los cuerpos son entrenados como mercancía fina
para un mercado masculino que celebra lo aniñado, lo blanco, lo fresco y, sobre
todo, lo casto y cuando digo casto digo tradición, digo cuerpos que sí y
cuerpos que no.
En este punto,
la película desplaza el eje del body horror hacia lo político. Elvira no se
mutila por locura, sino por coherencia. Si el sistema exige un cuerpo
imposible, ella se ofrece entera al sacrificio. El parásito que ingiere —la
lombriz solitaria— funciona como representación perfecta: algo que habita su
interior, que la consume desde adentro, que crece a costa de su hambre. Un deseo
que nunca se sacia, que la vacía.
Agnes, la
Cenicienta, no es antagonista sino espejo. ¿Por qué? Porque también ella está atrapada, aunque en
otra posición. Su belleza hegemónica y su linaje no la salva de tener que dejar
de lado el amor, del abandono, del duelo congelado, de un cuerpo paterno que se
pudre insepulto mientras el sistema sigue funcionando, del casamiento con un joven sádico y promiscuo que deja entrever su condición de sifilítico cuando dice a sus
amigos “la piel se está despegando de mi verga”. Las hermanastras son víctimas
de la misma economía: competir entre sí para no caer fuera del circuito de este
inmundo deseo masculino.
La huida final
no conduce a un príncipe, sino a un vínculo sororal señoras y señores. No hay
castillo ni promesa de riqueza, solo aceptación y cuidado. Frente a una
genealogía femenina marcada por la repetición del sacrificio, la película
propone una ruptura mínima pero radical: la salvación no viene de un hombre
sino de la mano de otra mujer.
La hermanastra
fea es un cuento de hadas atravesado por el body horror, pero sobre todo es una
crítica feroz a un régimen que sigue vigente. Pasa el tiempo, pero el mandato
persiste: adecuarse o desaparecer. En ese sentido, la película trata sobre
temas muy actuales aún, mal que nos pese.
Landra Darvulia


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